La fe en Cristo Resucitado nos abre un lugar en la casa del Padre
En el marco del tiempo pascual, la Iglesia universal, a través del rezo del Regina Caeli, nos invita a profundizar en el mensaje de esperanza que brota de la resurrección de Jesucristo. Este domingo, las palabras del Señor vuelven a resonar con fuerza en el corazón de los fieles, iluminando la vida cristiana con una promesa que transforma la existencia: “Voy a prepararles un lugar… para que donde yo esté, estén también ustedes” (cf. Jn 14,3).
El Evangelio nos sitúa en el contexto de la Última Cena, donde Jesús, en medio de la cercanía de su pasión, consuela a sus discípulos revelándoles el destino definitivo: la casa del Padre. Allí, hay lugar para todos, sin exclusión. Esta imagen, profundamente esperanzadora, nos recuerda que cada persona tiene un valor único e irrepetible en el corazón de Dios.
A la luz de la Pascua, lo que antes causaba temor o incertidumbre en los discípulos, ahora se convierte en certeza y alegría. El Señor Resucitado nos invita a confiar plenamente en Él: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí” (cf. Jn 14,1). Esta fe nos libera de la ansiedad por el reconocimiento humano y nos conduce a descubrir que nuestro verdadero valor se encuentra en el amor de Dios.
En un mundo marcado muchas veces por la competencia, la exclusión y la búsqueda de privilegios, el mensaje del Evangelio propone una lógica distinta: la del Reino de Dios, donde la fraternidad, la acogida y la igualdad son signos visibles de la presencia del Resucitado. En este nuevo horizonte, todos somos llamados a vivir como hermanos, reconociendo en el amor mutuo el camino que anticipa el cielo en la tierra.
La Diócesis de Granada invita a todas las comunidades parroquiales a ser reflejo de esta “casa abierta”, donde cada persona sea acogida, valorada y acompañada en su camino de fe. De esta manera, se construye una Iglesia viva, cercana y misionera, que testimonia con alegría la esperanza pascual.
Finalmente, encomendamos este caminar a la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, para que nos ayude a vivir en comunión, siendo signos de fraternidad y paz en medio del mundo.
